EN UN SENTIDO, Los índices delictivos van en aumento, EN EL
OTRO, la Criminología se encarga del estudio del delito y del delincuente, CON
el objetivo de identificar y explicar los factores
causales, las conclusiones obtenidas encuentran aplicación en la Política
Criminal. Estas acciones gubernamentales se convierten en cometidos a través de
la prevención y la represión. La primera con el control de
la conducta, la cual también puede darse con el libre pensamiento y la voluntad
de hacerlo en bien propio y colectivo. La segunda al pretender evitar que se
vuelva a cometer por medio de medidas aflictivas, intimidatorias y ejemplares, en
el marco de un Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos.
Como sujetos independientes libres de
pensamiento y actuar. Nos agrupamos para expresar necesidades y realizar el
intercambio de bienes y servicios en harás de cubrirlas. Nos valemos del
Derecho para dar coerción a las conductas, estructurar las instituciones,
establecer las funciones y alcances de quienes nos gobiernan, nos presenta los
mandatos o prohibiciones que debemos seguir, respetar, vigilar, apoyar o
rechazar.
El derecho debe ser flexible, el
orden establecido debe de modificarse conforme va cambiando la sociedad. Las
necesidades de la sociedad también son cambiantes, al igual que la manera de
allegarnos de los satisfactores, los cambios en la sociedad son multifactoriales,
las causas en los individuos ante determinado actuar normalmente se ven
expresados ante la aceptación del grupo al que pertenece. El individuo pretende
destacar ante él, el Derecho es el regulador en cuanto a la manera que el
sujeto decide hacerlo.
Pero el derecho también es
falible y como individuos tendemos a expresar una doble forma de aceptación de
convivencia, por un lado, en ocasiones el derecho protege intereses personales
en lugar de colectivos, otra situación se presenta porque los encargados en
crear la Política Criminal no son especialistas en derecho. A su vez el
individuo ante la sociedad presenta dos formas de actuar: La aceptación que
expresa por un lado y la forma en la que se conduce por otro, en la mayoría de
las ocasiones, no son coincidentes.
Diversas teorías establecen que
el ser humano tiene una propensión al mal, parece lógico pensar que en tiempos inmemoriales
utilizamos la violencia como forma de sobrevivencia; además, tenemos
documentadas las luchas bélicas que hemos enfrentado, por supuesto en todas, humanos contra humanos. La propia
historia de los derechos humanos son muestra de lo referido, los hemos
caracterizado como totalizadores y universales, pero el llegar a este punto
no fue tan fácil como nuestro razonamiento asumiría. El cambio de pensamiento y
formas de dominación nos dieron su reconocimiento; no sin antes haber pasado
por luchas sociales y la observancia dolorosa de la deshumanización por parte
del poder planetario de su momento.
El
derecho como regulador de la conducta del hombre en sociedad, a través de las
leyes, reglas y normas impuestas por el Estado, pretenderá que por medio de las
Instituciones legitimadas presente la observancia necesaria por parte de los
obligados para no presentar un desequilibrio social. Sin importar la exigencia
del ciudadano el derecho debe buscar la justicia
a través de la verdad jurídica, tal como acontece en la litis, Juan Abelardo Hernández Franco “… es la verdad jurídica la
que se busca más allá de la certeza de las partes en una controversia. La
principal razón de ello es que en los asuntos jurídicos están en juego el
patrimonio, la libertad y los actos de las personas y, por ende, la estabilidad
de la sociedad”.[1]
La seguridad no solo es una garantía, sino uno de los fines
del Estado; se manifiesta en el hecho que el ciudadano se sienta tranquilo y
confiado en su persona, bienes y familia; ante sus posesiones, integridad y
libertad. Lo encontramos como axioma jurídico al estudiar al Derecho e
identificar la seguridad como un valor a cuya realización debe aspirar el orden
jurídico positivo, ante los problemas
relacionados con el valor de la existencia; lo que demuestra que junto con la
economía son dos grandes temas que los gobernantes deben de reconocer, cuidar,
velar y encontrar la idoneidad en la aplicación de políticas públicas acordes a
lo que se pretende combatir. En lo que respecta a la delincuencia, los
especialistas concuerdan que es imposible erradicarla, por ello se debe ser
realista y tomar como misión disminuirla.
Para combatir eficazmente la delincuencia debemos considerar un lugar preciso y con ello todos los factores inherentes al sitio, ambiente, circunstancias y otros elementos que influyen en la producción del delito. De igual manera es importante determinar el tipo de delito que queremos combatir. Si identificamos la causa, podremos atacarla para que ya no se produzca.
La política criminal se debe adecuar a los
cambios en la sociedad, ante las nuevas necesidades necesita escrutar
mecanismos integrales que lo
disminuyan; pero es difícil establecer políticas públicas adecuadas cuando el
pensamiento de la sociedad no es reflexivo, no es crítico, no argumenta ni sabe
qué requiere o a dónde debe de ir. Ante este falso anhelo a lo que no se tiene
determinado por las constantes frustraciones de vivencia, encontramos sujetos
que piden, pero no están dispuestos a dar o cambiar. Ninguna política criminal
que trabaje sobre objetivos reales y de forma integral, tendrá éxito en sus
cometidos si la sociedad no encuentra el camino; es decir, sin educación.
“No hay camino seguro paro quien no sabe a dónde va”.
La incorrecta educación produce delitos, es poco decir que
la mayoría de las manifestaciones del adulto tiene su origen en la niñez. De
ahí que la correcta educación sea el primer punto de combate a la delincuencia.
Toda carencia es generadora de malestar humano, aunque este no necesariamente
sea una necesidad de vida. La carencia afectiva del niño es el detonante de la
frustración del adulto que podría manifestarla a través de la irritación como
forma de actuar ante los aconteceres de la vida, haciendo uso de la violencia
como forma de solución de sus problemas, mismos que posiblemente solo existen
ante su falta de capacidad de demora, tolerancia y un inadecuado control de
impulsos.
De igual manera, si la familia le impone al
menor los valores supremos y se le fomenta el conocimiento ante lo ontológico,
le será más fácil al adulto resolver sus problemas de manera lógica y asertiva,
permitiendo entender lo verdaderamente importante en la vida y no dando interés
a las creencias colectivas, programas en el que el contenido es el morbo o el
espectáculo de escándalo, o a los eventos deportivos en los que solo participa
como espectador).
Como Las principales conductas antisociales se
aprenden en casa, de nada sirve si al infante se le intenta imponer reglas de
conducta a través de las palabras ya que estas tienen que ser reforzadas con el
ejemplo, en la familia es en donde se presenta el introyecto de valores. De
igual manera es necesario no colocar “roles” por género o gustos, ya que si estos
se establecen normalizaran conductas machistas y victímales. Si a la correcta
educación en casa se le suma la parte formativa que se adquiere en las escuelas
y en las actividades deportivas en las que es partícipe; si además en ellas
encuentran similitud con lo mostrado en casa, se evitará que el adulto busque
allegarse de sus satisfactores por medios que laceran a la sociedad.
Según LORENZ “todos somos portadores de un animal que
quiere manifestarse, pero que siempre logra ser reprimido gracias a un enérgico
sistema de control”. Mientras que la idea de ROUSSEU contrapone al señalar “…
los seres humanos nacen fundamentalmente buenos y se vuelven agresivos o
violentos durante su desarrollo como resultado del aprendizaje cultural”. Si
bien estas ideas encuentran puntos de oposición, son coincidentes en que en la
sociedad se puede frenar ese estímulo a delinquir, evitando el inadecuado
aprendizaje social, y de igual manera el correcto “sistema de control” inhibirá
nuestra naturalidad a la agresividad. Cuantos actuares podemos apreciar día a
día de individuos que no siguen las reglas, desde tirar basura en la vía
pública hasta robar, es natural cuestionarse el por qué; tal vez, solamente les
faltaron libros.
SOCIEDAD
Dividir estigmatizando, creando modelos de pensamiento y
conducta. Hoy en día se aprecia una sociedad fragmentada, integrantes que se
sienten con el derecho moral de criticar a quienes no comparten sus ideales; es
decir, la intolerancia como medio de justificación de rechazo a otras personas.
Se utilizan conceptos para estigmatizar y etiquetar a personas con ciertas
características de vida, que van desde una preferencia, pensamiento, posición
económica o hasta edad. Esta forma de actuar en la sociedad no es nueva, pero
hoy en día se aprecia un uso colectivo de dichos conceptos en los cuales
incluso un nombre o la preferencia política caracterizan a una persona.
Tenemos en una esquina a los “Fifi” y en la otra a “Los Chairos”; también a “Los Godínez” y
a los que por nombre identificamos como delincuentes (que de entrada ninguno de
nosotros presenta voluntad en ello) Brayan; Brandon; Kevin; Kimberly o Britany,
a los cuales además les antecede un artículo para particularizarlos; así,
Brayan se convierte en “El Brayan”,
este artículo que la sociedad le colocó lo excluye ya no solo por el nombre,
sino hace distingo en los demás al considerarlo un delincuente. Éste ejemplo tiene
su símil según el equipo deportivo al que una persona decidió seguir; al
partido político con el que se identificó o incluso hasta por el gusto musical,
está lista es basta, por lo que menciono solo algunos casos. Pero da por
resultado una sociedad con intereses dispersos que no es capaz de concretizar
ideas colectivas y mucho menos tolerar pensamientos disímiles al suyo,
situación que puede aprovechar el soberano para justificar actuares que tampoco
son reflejo del bien común.
Para concluir, es un derecho exigirle al gobierno
seguridad y certeza jurídica a través de vigilancia, protección, educación,
alumbrado, oportunidades, etcétera. De igual manera al hacer trabajar a la
autoridad brindando interés e imparcialidad procesal. Acompañado de un correcto
sistema de reinserción social; sin embargo, hoy en día es difícil reconocer que
la función de la pena sea funcional.
El Estado ha exagerado en la represión como
medio de combate a la delincuencia, se proponen formas más cruentas y
degradantes en las penas. Algo que se ha intentado en otras épocas sin
resultados funcionales. A pesar que la prevención es menos costosa y más
eficaz.
Es importante
considerar que el delito muta y presenta determinado significado dependiendo de
la época y el lugar en el que nos encontremos. Es por ello que la seguridad
pública debe de determinarse según el lugar donde se encuentra y no abusar del
derecho comparado o generalizar que las conductas tienen el mismo significado
en todos los lugares.
La seguridad pública, al encargarse
de la prevención del delito busca las acciones enfocadas a disminuir las
amenazas, el riesgo y la oportunidad de las conductas que laceran, a través de
identificar y erradicar los factores causales, las oportunidades y condiciones
que permitan que la delincuencia se desarrolle y siga.
Por su parte el derecho penal tendría
que ser el “conjunto de normas jurídicas de derecho público, reguladas,
aplicadas y sancionadas por el Estado, a través de sus diferentes órganos
especializados, con el fin de vigilar el bien jurídico tutelado, con el
objetivo de generar un equilibrio que mantenga un orden y seguridad en la
sociedad, protegiendo sus vidas, bienes, y patrimonio,” que nos brinde
seguridad y sentido de respeto, tolerancia e identidad grupal, en conjunto con
la correcta educación; es decir, educar con el ejemplo, con cariño, definir
valores y reforzar su aplicación todos los días, darle atención al niño
pensando en su expresión como adulto, otorgar tiempo de calidad a los hijos,
diseminar el conocimiento y hacerlo llegar a quienes más lo necesitan,
reflexionar ante nuevas formas de pensar para aprender a tolerar y respetar,
equilibrar la autocrítica con la heterocrítica, tener presente que la empatía
evita dañar a otros, sin necesidad de acudir a la amenaza a través de penas que castiguen.
Imperativo que el derecho, los
valores morales, las reglas de convivencia y la costumbre, se direccionen a la
vida del ser en sociedad, a la
libertad del ser en cuanto a su
anhelo de cubrir expectativas propias y grupales, a permitirle la oportunidad
de manifestar y buscar sus emociones frenando algunas pulsiones (las que
dañan), libertad de sentir para luego racionalizar. Pues ese es el sentido de
la vida y la función del derecho; es decir, la protección de las expectativas
del ser. Que el ciudadano se sienta
tranquilo, se sienta confiado.
[1]
Juan Abelardo Hernández Franco, Daniel H. Castañeda y G. Curso de Filosofía del
Derecho, México, OXFORD, 2009. P. 1
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